Para entender la pelea en el bar, algo de contexto para lectores no expertos en economía o teorías de la decisión

Aquí encontrarán algo de contexto para un mayor disfrute del texto Pelea en un bar entre conductualistas y racionalistas:

La ciencia trata de entender realidades de todo tipo, y trata de hacerlo mediante modelos a los que llamamos teorías científicas. Una de las realidades más difíciles de modelar es la de las decisiones humanas, particularmente cuando ellas ocurren en contextos grupales o sociales: cuando tenemos que tomar decisiones cuyo resultado también dependerá de las acciones de otros. Esto, que en principio suena tan abstracto, es la realidad subyacente y fundamental de la economía, la política, los conflictos, la organización social, el comercio, todo tipo de transacciones, las negociaciones, los acuerdos, en fin, todo aquello cuyo resultado dependa de las acciones y decisiones de varias personas.

Desde finales del siglo XVIII, empezó a tomar fuerza una alternativa: la de arrancar por un cierto supuesto sobre la decisión humana, y a partir de allí elaborar teorías. Se asume ese supuesto porque parece autoevidente, parece que no necesita prueba: el supuesto es que los humanos, al tomar decisiones en estos contextos, hacemos lo posible por llevar al máximo aquello que queremos o valoramos, y en ese sentido decidimos. La idea no es ni siquiera moderna (se le menciona -y de hecho se le cuestiona- en el diálogo Protágoras, de Platón). Es una idea que además parece sensata y lógica: ¿quién no va a actuar en pos de lo que le conviene? En el siglo XIX ese proceder tomó vuelo, y sobre su base se dio el gran desarrollo que la teoría económica vivió en ese siglo, la llamada “economía neoclásica”, que al día de hoy sigue siendo el paradigma dominante en el análisis económico. El fundamento de sus teorías suele ser el supuesto de que los individuos, al tomar decisiones (decisiones de consumo, por ejemplo, o de empleo de sus recursos) se comportan como “agentes racionales maximizadores de utilidad”, es decir, sus decisiones consisten en hacer un cálculo sobre cuál es la alternativa que más elevará su bienestar, y decidir en esa vía.

En el siglo XX estas teorías se siguieron desarrollando, y de manera muy intensa. Pasaron a muchos otros dominios de análisis, como los conflictos y las guerras, las negociaciones, la sociología, y la política. Ejemplos: la teoría de juegos, que busca modelar de manera formal la toma de decisiones en contextos donde hay otros actores: esta teoría ha tenido múltiples aplicaciones, desde lo comercial hasta el análisis de las guerras (en lo que se destacó Thomas Schelling, mencionado en el relato); la teoría de la decisión pública (Public Choice), que busca modelar la manera como los humanos decidimos en el ámbito político (se debe sobre todo a James Buchanan y a Gordon Tullock); el análisis de la decisión humana en el contexto de acciones colectivas, debido principalmente a Mancur Olson; Gary Becker extendió este método de análisis a problemas sociales como el crimen y la droga.

Sin embargo, como podrán imaginarse, ha habido siempre algo de inquietud acerca del supuesto sobre el que se basan estas teorías. Todos, intuitivamente, hemos experimentado momentos en los que no actuamos racionalmente: actuamos con ira, con miedo o con valentía; actuamos sin considerar nuestro bienestar de largo plazo; actuamos manifestando preferencias no racionales, por ejemplo hacia cosas que simplemente nos gustan. En la segunda mitad del siglo XX, varios investigadores empezaron a trabajar en el estudio de estas fallas de la racionalidad usando métodos experimentales. Los pioneros de este trabajo fueron los israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky, y sus hallazgos fueron fascinantes, pues observaron muchas circunstancias en las que las decisiones efectivas de los sujetos experimentales se alejaban del postulado de decisión racional. Les siguieron muchos otros, y al día de hoy existe un campo muy en boga llamado “economía conductual” (behavioral economics), que aplica estos métodos al análisis de problemas económicos. Tal vez donde más avances ha hecho esta disciplina es el análisis de los mercados de capitales, pues estos permiten ver muy fácilmente la existencia de fenómenos irracionales colectivos, como lo que llamamos burbujas especulativas. Por cierto, un precursor de la economía conductual es el periodista y escritor escocés Charles Mackay, quien en 1841 publicó un voluminoso libro cuyo título me encanta: Recuento de delirios populares extraordinarios y de la locura de las masas (Memoirs of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds).

Nos encontramos, hoy día, en una situación que podría describirse así: todos sabemos que el postulado de decisión racional es falso, o al menos no funciona en todos los casos. Sin embargo, a pesar de esto, las teorías que le asumen como fundamento han llegado a ser muy sofisticadas, y si bien no en todos los casos funcionan, han resultado útiles para entender numerosos fenómenos sociales, y para actuar en ellos. En otros no tanto. De nuevo, el caso más prominente es el mercado bursátil, donde el postulado de acción racional, manifestado en una teoría a la que se llama “hipótesis del mercado eficiente”, es inútil para entender y predecir movimientos muy importantes de esos mercados. Por otra parte, todos los avances en el análisis experimental de la conducta nos han convencido, y nos seguirán convenciendo, de la necesidad de revisar o reformular nuestras presunciones sobre la decisión humana. Pero hasta ahora, esos análisis experimentales casi no han dado lugar a teorías más estructuradas.

Con este contexto, espero puedan disfrutar del relato.